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Willie Colón en Veracruz

Texto y Fotos: Ariel Montalvo Torres.
Sergio Lleonart
 

Boca del Río, Veracruz. Son las 11:00 de la noche y las puertas del sitio parecen estar abiertas desde hace rato. La gente llega, estaciona sus vehículos donde puede o baja de taxis para postrarse en la entrada. La mayoría espera poco tiempo en la escalinata que conduce a los cadeneros e irrumpe en la salsoteca. Con boleto de entrada en mano, también casi todos los asistentes han obtenido su pase en la preventa.

Esta vez, la publicidad del evento no ha sido la mejor y sólo ha contado con poco más de una semana para lograr su objetivo. Sin embargo, para la media noche de ahora, la sucursal jarocha de los Mambocafé ya está abarrotada. La gente espera paciente mientras el grupo anfitrión pone la tarima y la pista de baile a temperatura ambiente.

Es ya la una de la mañana y Willie no aparece. El público espera, pero nunca falta el que desespera. Los tragos y las botellas van y vienen. Los bailadores también de la pista a su mesa y de su mesa a la pista. Unos sudan y desquitan su gasto, mientras que otros prefieren guardar la energía para la hora en que llegue el hijo pródigo del Bronx.

Son las dos menos quince de la mañana; al fin ha llegado el momento. Domingo Lucas, uno de los locutores más relacionados a la salsa en el puerto de Veracruz y que hoy funge como presentador, ha tomado el micrófono. En la tarima, nueve músicos vestidos de negro han tomado sus puestos. También han afinado sus instrumentos y coordinado el set que ejecutarán con el director musical: un trombonista que parece ser el único extranjero de esta agrupación y el único que viaja con Willie Colón.

Poco después, tras una breve presentación, el nuyorican que todos hemos venido a escuchar sube al escenario. Enfundado en un traje blanco con delgadas rayas azules, aparece un Willie Colón que, elegante, luce casi irreconocible. El sobrepeso es demasiado evidente y el asombro del público generalizado.

“¡Buenas noches Veracruz: la cuna de la salsa!”, dice, y comienza con un popurrí que va de “Barrunto” a “Yo te podría decir”, pasando por “Gitana”, “Periódico de ayer” y muchas otras. En las orejas, el artista tiene un par de audífonos para el monitoreo del sonido que lamentablemente no lo deja en paz y le distrae en innumerables ocasiones.

El pupurrí dura unos 30 minutos. Una breve pausa y vienen otras canciones. Después, entre una y otra, uno que otro chiste deja ver a un Willie Colón más tranquilo, sin la energía que caracterizaba sus presentaciones de antaño y con más ganas de compartir su sentido del humor con el público, dentro de una presentación que invita a los asistentes más a escuchar que a bailar. Sin duda, la calidad de su música sigue siendo buena y los músicos que hoy le acompañan son de primer nivel. No obstante, el hecho de que no sea su grupo sino aquel que asume el compromiso de acompañarlo durante su estancia en México se hace evidente.

Un popurrí más y Willie comienza a despedirse: “¡Gracias Veracruz!”. Pero la gente no quiere que se vaya: “Otra. Otra. Otra… Otra. Otra. Otra!”, se escucha casi al unísono. Toca un par de canciones más y baja del escenario. Nuevamente “Otra. Otra. Otra… Otra. Otra. Otra!” y Colón regresa. Un último popurrí y las luces se apagan mientras una pantalla que desciende sobre el escenario deja fuera de la vista del público a los músicos y al trombonista.

Esta madrugada, el show ha terminado. Son las tres de la mañana con veinticinco minutos y todo parece indicar que el artista cumplió con el compromiso. Tocó una hora y media y no más. Tal vez los presentes teníamos otras expectativas, pero aunque se percibe cierto desconcierto no hay indicios de quejas. La presentación fue buena, aunque ni de cerca alguna de sus mejores. Sí, es cierto, tocó poco, pero quizá para quienes esperamos lo que podíamos tener, la noche valió la pena. Al final, la calidad musical es algo que siempre debe agradecerse. Ojalá que pronto –muy pronto, debiera decir- veamos de nueva cuenta al Willie, a ese Willie que a lo mejor muchos esperaron ver esta noche y no vieron. Ojalá.

Octubre 2006

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