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SALSALCOHOLÍMETROS
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Por:
Lídice Martínez Aguirre
Fotos: Archivo
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Pese
a la polémica que ha causado en la ciudadanía la implementación
del artefacto denominado alcoholímetro desde finales de septiembre
del año pasado, la Secretaría de Seguridad Pública
(SSP) ha anunciado recientemente que a partir de su práctica,
se han reducido hasta en un cincuenta por ciento el número
de muertes provocadas por choques violentos.
Así
pues, el resultado es contundente: el alcoholímetro cumple
su cometido.
Como ya es sabido,
este complejo mecanismo tiene la posibilidad de medir la cantidad
de miligramos de alcohol expelidos por litro de aire a través
de una sencilla prueba realizada en automovilistas.
Y pese a que
las autoridades han garantizado que el llamado "operativo alcoholímetro"
se realice bajo condiciones dignas y de respeto, la penalización
a que se somete quien sobrepase la norma permitida, que es de 0.4,
alcanza un arresto de entre doce y treinta y seis horas sin derecho
a fianza.
Entre
tanto, y en virtud de que esta penalización es impuesta por
un juez cívico, reconocidos juristas han afirmado que, con
apego a la Constitución, nadie puede ser privado de sus derechos,
sólo mediante mandamiento de la autoridad judicial. Sin embargo,
el debate va más allá de las garantías individuales
y lo que se pone en juego es la seguridad de toda una ciudadanía.
Al menos, de la parte que recorre por las noches esta "selva
de concreto" en que se ha convertido el Distrito Federal. Tal
es el caso de quienes por gusto, afición o vocación,
frecuentan sitios dedicados a la salsa, rumba, guaracha y otros
ritmos afrocaribeños.
Para algunos,
el hecho de tomar alcohol es visto más como una compulsión
absurda que como una forma de placer. Sin embargo, históricamente
esta sustancia se ha asociado con la vida nocturna y la diversión.
Ante esto, quienes
se han visto más afectados desde la implementación
del alcoholímetro son los propietarios de bares, cantinas
y centros nocturnos. En este grupo, se incluyen salones de baile
especializados. Sin embargo, los propietarios y trabajadores de
este ramo no se han puesto de acuerdo en relación al tema:
hay quienes afirman que esta medida ha diezmado considerablemente
sus ingresos, mientras otros aseveran que el flujo económico
se ha mantenido constante. Pero para afirmar que el responsable
de esta condición es el citado artefacto, habría que
descartar otra serie de factores económicos prevalecientes
en nuestro país.
En
los últimos años el movimiento afrocaribeño
en México ha cobrado renombre e importancia. Nuestro país
ha sido una plataforma importante de muchas bandas y artistas solistas
y contamos con una considerable cantidad de escenarios y puntos
de convergencia. La riqueza en este sentido es invaluable.
En varios de
estos lugares, la venta de bebidas alcohólicas es nula y
de lo que se trata es de disfrutar de la buena música y el
baile. Como alguna vez afirmara Samuel Carrillo, gerente de un importante
salón ubicado en el centro histórico: este es un negocio
de bailadores no de litros de alcohol y cuentas exorbitantes. Y
en efecto, la posibilidad de rumbear y disfrutar de la buena música
no necesariamente está condicionada por la cantidad de copas
que pueda consumir un buen bailador por noche.
Más allá
de las restricciones y sanciones que sean impuestas por nuestros
gobernantes, de lo que se trata es de comprometerse con una consigna
de respeto a las vidas propias y ajenas.
Es muy respetable
la forma de diversión que cada quien elija, así como
la capacidad de metabolizar alcohol de cada persona; sin embargo,
"la vida es un gran baile y el mundo es un salón",
y en torno a este mundo circulamos millones de personas que tenemos
también derecho a gozar del ambiente nocturno sin temor alguno.
Y esta es una responsabilidad de todos.
Señores:
sigamos apoyando sobrios la vida y el creciente movimiento afrocaribeño
en México para que la fiesta siga y la rumba vea despertar,
cada día, un nuevo sol.
Febrero
2004
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