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La Fania en su salsa

Por: José Antonio Evora para El Nuevo Herald

José Antonio Evora

Si un grupo musical es ya un mito, ¿qué hace ese mito aferrado a la escena más de tres décadas después de haber entrado en pleno apogeo? Hay dos respuestas posibles. El ridículo, como ciertos casos que no vale la pena mencionar, o demostrando su supervivencia, como insisten en hacer los Rolling Stones. Con la orquesta Fania All Stars ocurre más esto último: no se ha echado a perder la salsa.

La noche del domingo, el James L. Knight Center, de Miami, se llenó casi a tope para ver un concierto donde los músicos fundadores de la Fania All Stars y los de más reciente adquisición hicieron sonar la orquesta bien arriba, como en sus buenos tiempos (si es que por fin estos no lo son también), otra vez de la mano de Johnny Pacheco. De casi todos los cantantes --pero no de todos-- se puede decir lo mismo.

Desde Bobby Valentín en el bajo hasta Roberto Roena en los bongoes, pasando por el violín de Alfredo de la Fe y el cuatro de Yomo Toro, hubo una tremenda energía entre los instrumentistas. Cada vez que Valentín marca la pauta de la orquesta es imposible dejar de recordar que sus primeros pasos (y sus primeros discos) con la Fania no fueron precisamente en el bajo, sino en el fliscornio. A Roena da gusto verlo sonando los cueros y bailando aún como lo hacía en la Nueva York de los 70.

No era difícil advertir cuál era el público mayoritario en el teatro. A medida que Ismael Miranda cantaba ''hoy contento yo me siento/ y también lleno de orgullo/ al saber que mi Borinquen/ tiene montuno...'', las ovaciones subían de tono y, al menor descuido de los vigilantes de sala, algún que otro atrevido corría entre la primera fila de lunetas y el escenario con una bandera puertorriqueña al vuelo, para colocarla sobre los amplificadores de referencia. Miranda, por cierto, es el cantante que mejor estuvo entre las estrellas veteranas de la Fania, con esa voz suya que en algún punto indescifrable alcanza colores semejantes a la de Celia Cruz.

Y, por supuesto, no podían faltar los homenajes a Celia y a Héctor Lavoe, en las voces de Albita Rodríguez y Domingo Quiñones. Albita entró en sintonía con la orquesta y gozó su parte con esa vibrante energía que suele desbordar en escena. Sin embargo, se le notaba incómoda, y ella misma, en una de las improvisaciones, se encargó de explicar por qué: el vestido no la dejaba moverse a sus anchas. Quiñones no quiso limitarse a repasar el repertorio de Lavoe y actuó su interpretación, por momentos más de la cuenta, pero sin dudas con una vehemencia contagiosa. Aunque se notó que tanto Albita como él no habían ensayado con la orquesta todo lo que hubiesen querido antes de pararse allá arriba, ambos suplieron la carencia con pasión.

El que fue quizás el momento más desafortunado de la noche no tuvo que ver con la música precisamente. Cuando estaba llegando ya la última parte del concierto, que prometía nuevas emociones con la entrada de Richie Ray y Bobby Cruz, éste dedicó varios minutos a un proselitismo religioso que no debía tener cabida en un espectáculo como ése, abierto obviamente a personas de todas las religiones. Que desde 1974 ambos hayan abrazado la fe cristiana y la sigan profesando aquí mismo, en Miami, no es licencia para invitar a los espectadores a hacerlo, pues no fue ése el motivo que los reunió en el James L. Knight Center. Valga decir, por otra parte, que su interpretación fue de lo mejor, a pesar de la advertencia de Bobby de que si se le iba un gallo lo mataran e hicieran sopa.

Fue una pena que Willie Colón no viniera a este concierto de aniversario. Se le echó de menos, por supuesto.
Hay virtuosos de sobra en la orquesta, y Yomo Toro es uno de ellos. Estaban cantando Quítate tú pa' ponerme yo y con el cuatro pasó muy fresco de la salsa al swing, pero el final del concierto no era un buen momento para enfrascarse en varios solos sucesivos, por muy bien que lo hiciera.

El sabor que dejó al final esta presentación de la Fania es que, aún aceptando lo que dice Johnny Pacheco sobre la amalgama de fuentes reunidas por el sello, Tito Puente tenía razón cuando afirmaba que la única salsa merecedora de ese nombre era la de los spaguettis. En un alto por ciento esto es música cubana, pasada por El Barrio y encantadoramente interpretada por músicos venidos de unos cuantos rincones del hemisferio.

Agosto 2004

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