
Desde siempre me he proclamado pachanguero. No es que no me guste un buen son, una timba cubana, un boogaloo, una plena o un guaguancó. No, lo que pasa es que la pachanga arrebata, la pachanga hace bailar hasta aquellos como yo, que a estas alturas prefiere escuchar y discernir sobre este o aquel tema que está sonando. Es que la Pachanga tiene su cuento.
Fue tan fregada que aun caliente por el parto al que había asistido en su creación por el cubano Eduardo Davison, llegó a Nueva York, tierra de sonidos jazzísticos y celestiales, de gringos fríos y monótonos, y los puso a bailar con la música que había llegado de la mano del flautista cubano José Antonio Fajardo. Es tan intrépida que aun habiendo sido desplazada por los sonidos ingleses que llegaban de la mano del Cuarteto de Liverpool al país del Norte, sobrevivió y vuelve a nacer todos los días.
Hoy, a más de 40 años de su creación, los coleccionistas pachangueros seguimos conservando las pastas originales de magnificos trabajos de Fajardo, Tito Rodríguez, Pete Rodríguez, Damirón y Chapuseaux, Belisario López, Randy Carlos, Tito Puente, Joe Cuba, Machito, Ray Barreto, Charlie Palmieri, Kako (Francisco Angel Bastar), Sexteto La Playa, Dioris Valladares, All Castellanos, Lou Pérez, Bobby Montez, Jack Costanzo, Mon Rivera o hasta Los Teen Agers o Los Corraleros de Majagual tocando pachangas. Nos dicen que nos quedamos en “la milonga” de épocas pasadas, pero es que las orquestas modernas no proponen ninguna pachanga. Se han olvidado de este ritmo que vende por sí sólo.
Fajardo no necesitó de campañas publicitarias, ni de pagar payola, ni de ruedas de prensa, videoclips, jefe de relaciones públicas ni de largos procesos de promoción para posicionar la pachanga en Estados Unidos. Sólo al escucharla por primera vez, cada bailador se convertía en un efectivo multiplicador. Ya no hay duda, la Pachanga vivirá por siempre.
"Planeta Salsa" se puede leer los miércoles en el periódico Q'Hubo.
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Abril
2010
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