
Alguien a quien admiro profundamente, es al maestro Alfredo de la Fe. Y cuando digo lo admiro es en toda la extensión de la palabra. No sólo por sus dotes musicales y vocación artística, tampoco porque hubiera tocado con la Fania All Stars, El Gran Combo, Eddie Palmieri, Willie Colón, Santana, La Típica 73, la Orquesta de José Fajardo o con la de Julio Ernesto Estrada “Fruko”.
No, lo admiro porque fue un hombre que en vida descendió a los infiernos y tuvo la suficiente inteligencia y temple para resucitar de entre esos muertos en vida para volver y contarnos cómo fue el viaje que para muchos es sin retorno. A los once años de edad probó el licor y las drogas. Sólo eso bastó para que durante 22 años, como él mismo lo cuenta, viviera esclavo del vicio.
En su propia voz, temblorosa de alegría, con esa emoción del que, aunque hubiere vivido años muy duros, se siente victorioso al haber ganado la guerra contra el demonio de falsa ilusión. Nos cuenta lo que le sucedió para una visita del papa Juan Pablo II, cuando le fue encargado tocar el violín ante su Santidad. “Me preparé todos los días, tocaba y estudiaba a toda hora, tenía la ilusión que el Papa, al poner una mano sobre mí, me curaría de esa enfermedad que tenía, porque ser drogadicto es una enfermedad”.
El día anterior, prosigue contándonos, iba hacia su casa, pasó por un bar y decidió entrar a tomar un trago para celebrar la cita del día siguiente con el Sumo Pontífice. Hasta allí llegó. Empezó y sólo pudo parar cinco días despues. Cuando despertó, en medio de ese monumental guayabo, se dio cuenta que el Papa ya se había ido. El guayabo ya no lo sentía en su cuerpo sino en el alma.
En ese momento, hace hoy 19 años, se prometió jamás volver a drogarse y emprendió el regreso desde el infierno a donde había llegado. En últimas, sin tocarlo físicamente Juan Pablo II, sí impuso sus manos sobre Alfredo y lo curó.
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Febrero
2010
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